A lo largo de los siglos, el arte ha tenido distintas funciones y ha cubirto distintas necesidades sociales. Es por esto que una obra no debe nunca ser valorada desde el punto de vista estético, sino que se hace necesario darle una apreciación histórica; cualquier obra va a ser reflejo de una sociedad, una moral, una situación económica, bélica o religiosa, o cualquier otro tipo de cisrcunstancia histórica. El arte es un reflejo de la evolución del hombre y de su pensamiento y, como tal, constituye un legado de increible valor.
            Tambien debemos considerar que una obra de arte es un ser vivo, desde el momento en que ha sido realizada a partir de unos materiales que van a sufrir alteraciones o, simplemente, evolucionarán a lo largo de los años. Si además tenemos en cuenta que los diferentes materiales que constituyen una obra no suelen evolucionar de la misma manera, nos resultará fácil comprender que, con el paso del tiempo, la obra va a presentar un aspeto y unas propiedades físicas y químicas distintas a las iniciales.

            Partiendo de estas dos premisas, resulta fácil apreciar la importancia que adquiere la restauración como actividad complementaria a la conservación de una obra de arte. Cualquier individuo poseedor, y por tanto amante, de una obra de arte, debe hacer lo que esté en sus manos para garantizar su supervivencia. Por esto, en aquellos casos en los que las actividades de conservación no son suficientes (porque la obra ya ha sido dañada), es necesario realizar un proceso de restauración en orden a preservar todos los valores que encierra una obra de arte.