La evolución del concepto de etnografía.
Eloy
Gómez Pellón
1.- EL NACIMIENTO DE UN TÉRMINO
El
término de «etnografía»
aparece perfilado en la primera década del siglo
XIX. El término era empleado en su sentido estricto, esto es, el de la
descripción de las etnias o los pueblos que habitaban la Tierra, si bien
conteniendo una agobiante carga de exotismo, un tanto basculada hacia los
aspectos lingüísticos y raciales.
Simultáneamente,
se hace común otro término que es el de «etnología»,
a pesar de que también se empleaba anteriormente, con un significado muy próximo
al señalado, en cuanto tratado de los pueblos que poblaban el planeta, y que
cobraría fortuna al igual que el anterior. En el clima progresivista
que había surgido en los tiempos de la Ilustración,
y que por entonces caminaba hacia el pleno apogeo, tales términos poseían un
sesgo característico, cual era el de atisbar los orígenes de la humanidad, el
desarrollo de sus componentes étnicos y raciales, la historia de sus progresos
hacia la civilización, etc.
Precisamente,
y en relación con este mismo clima progresivista, forjado en esa etapa que va desde finales del primer cuarto del
siglo XVIII a los años cuarenta del XIX, tiene lugar el desarrollo de una nueva
fase que llega hasta finales del XIX, propiamente evolucionista, y más aún tras el triunfo de las doctrinas
darwinistas a mediados de dicho siglo, en la que alcanza singular protagonismo
el término de antropología, como
un estudio del hombre distinto del propuesto hasta entonces por la filosofía y
por las ciencias positivas.
Este
nuevo sentido de la antropología, que se evidencia en la segunda mitad del XIX,
aparece claramente explicitado en la socorrida obra de E.B. Ty1or Primitive Culture,
escrita en 1871. Frente a la antropología especulativa, sistematizada por
Kant y desarrollada por Hegel, y separadamente de los principios racionalistas,
nace una antropología que pone sus ojos en los logros humanos que tienen por
marco la vida social. Estos logros, englobados en el concepto de cultura por el
propio Ty1or, se constituirían en el objeto de esta nueva antropología: el estudio del hombre a través del análisis comparativo de las
culturas. Tras la definición se
hallaba la idea de que la cultura cambia en el tiempo y en el espacio, lo cual
implicas la existencia de múltiples culturas.
Los
elementos fundamentales de la propuesta efectuada por Tylor ‑la cultura,
la sociedad y el individuo‑‑, habrían de dar lugar con el tiempo a
diferentes concepciones en el seno de la antropología.
Por
un lado, se reconocería un antropología cultural,
centrada en las producciones humanas, tanto materiales como inmateriales, y por
otro lado una antropología social,
orientada hacia el estudio de las relacione entre los individuos que forman
parte de la estructura social. Es evidente, sin embargo, que en uno y en otro
caso, la cultura es el objeto
primordial de estudio. Un intento de superación de esta doble perspectiva,
llevado a cabo a mediados del siglo actual, dió lugar a la influyente antropología estructural,
en la cual se persigue ahondar en la raíz explicativa que permita interpretar
la estructura del inconsciente del pensamiento humano.
Por
tanto, y a pesar de que su brote se produce con anterioridad, es
en el siglo XIX cuando se constituyen formalmente tres
disciplinas sumamente cercanas en su objeto ‑la
etnografía, la etnología y la antropología ‑, cuyas denominaciones
iniciarles se han mantenido en el correr del tiempo. Sin embargo, y por encima
de estas particularidades institucionales, la íntima relación existente entre
ellas ha dado lugar a que por general se utilice el término de antropología
social o cultural como englobador de los otros dos, los cuales aluden a
sendas etapas de la investigación que posibilitan el conocimiento antropológico.
Así,
mientras que la etnografía
representa la etapa inicial de la investigación puramente descriptiva, la etnología
comporta una etapa analítico‑comparativa intermedia que conduce a la
elaboración teorética más elevada que supone la antropología (C. LÉ STRAUSS,
1958). Es el rigor del método el que impone el camino de la investigación, que
partiendo de la observación descriptiva, trata de verificar distintas hipótesis
para alcanzar una conclusión. Por ello, ninguna de las etapas excluye a las
restantes, sino que las complementa.
Por
tanto, la etnografía lleva aparejado
un carácter descriptivo de las
sociedades humanas que constituye el fundamento
del conocimiento antropológico. Ese carácter descriptivo lo hallamos en el
pasado, confundido con la curiosidad, en múltiples relatos de viajero
costumbristas, en los que late un contenido etnográfico, carente aún de la
necesaria organización.
Habrá
de esperarse al siglo XIX para que la etnografía organice su dispersa
literatura lo cual le permitirá alcanzar a finales del mismo la madurez
necesaria para incardinarse metodológicamente como fase inicial del
conocimiento antropológico. La etnografía constituye el . ineludible sustento
.de la teoría. antropológica, la cual no se construye sino hilvanando
los datos que suministran
las minuciosas observaciones de aquélla.
Pues
bien, éste es el sentido que posee el término de etnografía en el presente,
articulado en otro más amplio que es
el de antropología, y superando el
viejo concepto que poseyó en el pasado, como conjunto de saberes independientes
acerca de los pueblos.
El
progresivo perfeccionamiento de la metodología antropológica
ha creado en nuestro siglo una nueva concepción de la etnografía, poniendo en
cuestión el valor de la vieja etnografía.
1.2 LAS
PRIMERAS «DESCRIPCIONES»
Aunque
parece evidente que hasta el siglo XVIII no comienzan a desarrollarse las
ciencias sociales, que más tarde van adquiriendo personalidad para quedar
constituidas en el siglo posterior, no es menos cierto que ello es posible
porque a lo largo de mucho tiempo se había ido reuniendo un corpus
de conocimiento. Este corpus precientífico, cuya validez hoy resulta
discutible al carecer, por definición, de las garantías necesarias, se había
configurado a lo largo de muchos siglos, de manera heterogénea, al socaire de
los choques culturales producidos en el tiempo.
Así se
entiende que en las grandes metrópolis mediterráneas de la antigüedad se
produjeran descripciones en las cuales subyace un impulso etnográfico, propio de autores fascinados por las
diferencias entre los pueblos, y sobre todo por el contraste entre las culturas.
Realmente, se trata de una curiosidad que ha existido en todas las épocas y en
todos los lugares.
Griegos: Bien
conocido es, por lo que respecta a Grecia, el caso de Herodoto, quien en su Historia, nos legó descripciones de los pueblos por los
que viajó, desde Egipto y Mesopotamia hasta las orillas del Mar Negro y el
Norte de África, huyendo del punto de
vista etnocéntrico y denotando la conciencia de un relativismo cultural.
En otras ocasiones, los autores griegos de época clásica
efectúan profundas reflexiones sobre los orígenes de la sociedad y el estado,
como se aprecia en La República de Platón, o sobre determinadas instituciones
como la esclavitud, como se denota en la Política de Aristóteles. La primera,
sobre todo, ha tenido una extraordinaria repercusión en la escuela sociológica
francesa, y también entre los funcionalistas ingleses, que como B , Malinowski
se sirvieron del planteamiento platónico de las necesidades humanas en su
elaboración teórica.
Romanos:
El surgimiento
del gran estado romano irá
acompañado de conquistas que supondrán el conocimiento de gentes con prácticas
y costumbres ajenas a la tradición metropolitana.. En la Geografla de Estrabón, se contienen múltiples noticias sobre las
sociedades sometidas por Roma. La curiosidad que sentía por el conocimiento de
las costumbres le llevó a pone práctica
una técnica de información indirecta de los acontecimientos, que todavía
se observa entre los llamados antropólogos de gabinete
del siglo XIX. Consistía esta técnica en valerse di testimonios de militares,
funcionarios, viajeros, etc., que habían sido testigos directos de
los acontecimientos que transmitía. Sus detenidas descripciones de los
pueblos ibéricos fueron reunidas de modo, puesto que no llegó a conocer
personalmente la Península Ibérica.
La
sorprendente neutralidad, o el modélico relativismo cultural, que descubríamos
en Herodoto lo
encontramos
también en algunos autores romanos, como Tácito.
Edad Media: Tras
la caída de Roma en el año 476, se
inicia un largo período histórico que es conocido como Edad
Media, y que no concluye hasta mediados del siglo XV. En los primeros siglos
de este período se da un proceso social, político y económico, variable, pero
con algunos rasgos comunes, entre los que sobresalen la intensa ruralización,
el empobrecimiento de la cultura, y se deja sentir el poder de la
Iglesia. Este debilitamiento cultural de los
primeros siglos medievales,
afecta a la etnográfica, al verse
inclinada hacia una interpretación teocéntrica y etnocéntrica de vida
humana, que ahora quedaba supeditada a la perspectiva cristiana. En
muchas ocasiones se ha señalado a
San Agustín, que desarrolla su obra entre los siglos IV y V, como genuino
representante de esta línea del pensamiento, en la que la armonía y la
santidad cristianas son contrapuestas
a la perversión del paganismo.
La renovación cultural y espiritual que se produce en Europa después del año mil, al
calor del incremento de la producción agrícola y del crecimiento demográfico,
dibujan un nuevo horizonte social, en el que la actividad urbana y
comercial, junto a los contactos con otros
pueblos del Norte de Europa y de Asia, adquieren una enorme preponderancia.
Aventureros, comerciantes, viajeros, misioneros y cruzados serán los
iniciadores de un género etnográfico en el que el exotismo se convertirá en el
epicentro de todos los pueblos que
describen.
Acaso,
el relato etnográfico bajomedieval más conocido sea el de Marco Polo, del viaje por tierras asiáticas de este intrépido
viajero, aprovechando la apertura de los intercambios con Oriente y que se lleva
a cabo en el siglo XIII. Gracias a las descripciones de Marco Polo se conocieron detalles sobre
las costumbres de los pueblos tártaros, mongoles, chinos y otros pueblos
asiáticos.
El relato de Marco Polo abrió una época de
curiosidad y fascinación por lo ajeno, por lo desconocido que tendrá su
continuidad en otros relatos de viajeros y de descubridores, a propósito de las
ansias de conocimiento de tierras lejanas y de gentes extrañas.
Del siglo XIV, son "Los viajes" de Ben
Battuta, por África, Asia y
distintos lugares situados en el área de expansión islámica. Otros contemporáneos
de Battuta, árabes como él, realizaron valiosas descripciones
etnográficas, también en el ámbito islámico, y más restringidas
geográficamente, como Ibn Khaldoun, quien recorrió las tierras occidentales
del Norte de África en la segunda
mitad del siglo XIV , dejándonos una detallada descripción de las mismas en su
Historia de los beréberes.
Renacimiento: es en el Renacimiento, cuando el choque cultural produce una
extraordinaria producción etnográfica, La era que se inicia tras el
descubrimiento de América está salpicada por las crónicas y los relatos de
gentes europeas que entran en contacto con otras culturas distantes de la suya,
al hilo de la colonización que se está produciendo, En este contexto, España
juega un papel relevante, que ha hecho de los relatos etnográficos de los
descubridores el antecedente inmediato de lo que será la ciencia etnográfica
moderna .Dichas descripciones poseen el mérito de haber dejado constancia de la
existencia de culturas que desaparecerían en el correr del tiempo, precisamente
por la acción desmedida de la colonización.
El
sevillano Alvar Núñez «Cabeza de Vaca»,
recorrió las tierras tejanas próximas al Río Grande, penetrando después
en el Norte de México, El azar hizo que permaneciera durante meses como cautivo
de los indios del Golfo de México primero, y de los de la Tierra Firme por
espacio de un lustro después. Cabeza de Vaca experimentó entre estos indios
sus condiciones de vida derivadas de la práctica forrajera. Mas lo relevante de
la experiencia de Cabeza de Vaca entre estos indios americanos, a comienzos del
siglo XVI, es el quehacer etnográfico que se desprende de sus
"Naufragios", plasmado en las numerosas anotaciones
reunidas al calor de su convivencia con las gentes observadas, mediante
una estrategia muy pr6xima, salvando las distancias, a lo que en la etnografía
científica se denomina la observaci6n participante.
Un excepcional testigo de la peripecia de los descubridores americanos fue Bernal
Díaz del Castillo, quien compuso la crónica contenida en su "Historia
verdadera de la conquista de Nueva España", Bernal Díaz del Castillo,
habría de contribuir al conocimiento etnográfico del mundo azteca, y sobre
todo al derrumbe de la idea de un mundo que incesantemente ha sido tildado de
miserable.
Al tiempo que los descubridores exploraban el mundo
nuevo que acababan de avistar, una pléyade de funcionarios de la Corona española
se establecía en el continente americano, al objeto de administrar las tierras
recién incorporadas, mientras que numerosos eclesiásticos desplegaban su
cometido evangelizador. No extraña en consecuencia que la obra que nos ha
llegado de uno de éstos constituyen un modélico esfuerzo por la conquista del
necesario conocimiento. Es el caso de
Fray Bernardino de Sahagún, el franciscano español que estudió los indios
de Nuevo México en el segundo cuarto del siglo XVI, convirtiéndose en un
excelente conocedor de la lengua de los nativos, -el nahuatl,- así como de sus
costumbres. Cual si se tratara de un moderno etnógrafo convirtió la lengua y
la escritura pictográfica de los estudiados en las suyas propias, creando una
verdadera red de colaboradores, más que de informantes, que sirviera a la
metodología que puso en práctica, cuyas respuestas se contienen en el llamado
Códice Florentino.. Si bien es cierto que B, de Sahagún no llegó a obtener
una visión absolutamente desapasionada de la sociedad azteca, no lo es menos
que su obra resulta colosal para la época en que fue escrita, hasta convertir a
este curioso franciscano en uno de los padres de la etnografía moderna.
Otro
religioso, el jesuita José Acosta,
escribió una "Historia natural y moral de las Indias" que vio la luz
en 1590. La obra, que no posee una orientación decididamente etnográfica, debe su éxito a la reflexión que suscita, al
tratar de enfrentar las tesis de la filosofía
europea con la realidad natural y cultural de América, de suerte que habría de
constituirse en referencia de otros autores posteriores. Entre los funcionarios
se halla, Gonzalo Femández de Oviedo,que
public6 una exhaustiva Historia general y natural de Indias a partir de los años
treinta del siglo XVI, la cual resulta expresiva de los intereses económicos
que guiaban a la potencia colonizadora, muy interesada en la explotación de los
recursos naturales, de forma que comporta un detallado estudio del medio natural
y de sus aprovechamientos.
En
el lado opuesto al de Femández de Oviedo se halla el dominico Bartolomé
de las Casas, integrante del primer grupo de clérigos llegados al Nuevo
Mundo, y defensor de una concepción extraordinariamente crítica de los
acontecimientos que vivió, particularmente de la explotación del indio, hasta
el extremo de empeñar su prestigio y su trabjo en la defensa de su dignidad..
Su denostada, y al mismo tiempo alabada, "Brevísima
relación de la destrucción de las Indias", impresa en 1542, la obra más
conocida, a la vez que una de las más traducidas, al ser considerada como el
germen de la llamada «leyenda negra» de la colonización española en el Nuevo
Mundo, y que, en suma, no fue sino el intento de este obispo católico de crear
un estado de conciencia del hecho americano en el seno de la Corona española,
En todo caso, la reflexión creó una sensibilidad duradera, a la que no han
sido ajenos los antropólogos modernos que han apostado por una ciencia
independiente.
Las
observaciones etnográficas recogidas por los escritores españoles en el Nuevo
Mundo no fueron las únicas que se hicieron en el Renacimiento. Una actitud
similar a la de los observadores españoles en América la encontramos por
entonces en los observadores europeos en Asia, al tiempo que se descubren y
redescubren nuevas culturas. Y son de nuevo los misioneros , y entre ellos los
jesuitas, quienes nos han legado un mayor cuerpo de conocimientos etnográficos,
muy satisfactorio para la época por lo común. Este es el caso de la visión
contenida en las informaciones del jesuita aragonés Adriano
de las Cortes, quien estudia a comienzos del siglo XVI,
los modos de vida de las gentes del Extremo Oriente.
Si la vivacidad de su relato etnográfico es fascinante y minuciosa,
sorprende más aún su confesada y permanente huida de la observación etnocéntrica,
tanto de su parte como de la que se contiene en las explicaciones de los
observados, hasta ofrecer un extraordinario relativismo cultural. El otro caso
es el del jesuita italiano Ricci, recogiendo la tradición etnográfica de la
orden en América y Asia.
A
lo largo del siglo XVI se reúne una gran masa de literatura etnográfica, no sólo
procedente de los mundos que se descubrían sino también de la propia Europa.
El Renacimiento introdujo en la cultura europea la pasión por los viajes, por
el conocimiento de otras gentes y de otros lugares, próximos o lejanos,
convirtiendo esta actitud en un signo de distinción del caballero renacentista.
cuyos cánones fueron expuestos por Baldassare de Castiglione en
La Edad Media, a pesar del aldabonazo
que representaron las observaciones de Marco Polo, Ben Battuta, Ibn Khaldoun y
otros, no era terreno abonado para que prendiera el pensamiento crítico que
llevaban aparejadas las descripciones etnográficas. El menosprecio, y hasta
eldesprecio, por culturas distintas de la propia impidieron poner en marcha un
comparativismo que hubiera sentado las condiciones para el surgimiento de una
reflexi6n crítica, hasta el extremo de que los relatos exóticos fueron a
menudo puestos en cuesti6n, como se ha visto.
Por
el contrario, en el Renacimiento, cuando comienzan a desvanecerse algunas de las
certidumbres medievales, se produce un ambiente más propicio para sentar las
bases de lo que habrían de ser los planteamientos del siglo XVII y más aún
los del XVIII.
El
arsenal de conocimientos que se reúne en la centuria del XVII resultaría
decisivo para que, poco a poco, se agrande la ola de contestación al
colonialismo que había surgido en el siglo precedente, y sobre todo para que a
la sombra del humanismo se comprenda mejor a las gentes de las tierras lejanas.
Todo ello se producía al socaire de un progreso científico, basado en la búsqueda
de la verdad que había predicado René Descartes en la primera mitad del siglo
XVII, y en el empirismo, según había sido enunciado por Isaac Newton en la
segunda mitad del siglo, y que daba pie a una renovación del método y de los
contenidos científicos, los cuales desplazaban lentamente las creencias
medievales basadas en la interpretación literal del relato bíblico y también
en pseudociencias como la astrología.
1.3
LA ETNOGRAFÍA «ILUSTRADA»
Esa
búsqueda de la verdad y esa renovación del conocimiento que se venía
experimentando desde el Renacimiento encuentran un caldo de cultivo adecuado en
el siglo XVIII, cuando a la luz de la razón, y fuera de las sombras de los
siglos precedentes, los individuos ilustrados alumbran los grandes problemas
humanos, en lo que acertadamente se ha llamado el Siglo de las Luces o de la
Ilustración. La fuerza con que se desarrollan estas condiciones en Francia han
hecho de este estado el centro del pensamiento ilustrado, tanto más por cuanto
fue posible una transformación revolucionaria de la sociedad sobre la que se
levantaron los cimientos de una nueva era. Curiosamente, la enorme potencia
colonial española alimentada por una poderosa burocracia y por un desmesurado
apego al pasado, no concita las condiciones necesarias para vivir esta
transformación, a la que no resultaban ajenos los aspectos ideológicos. Por
eso, mientras que en Francia y otros estados de la época la razón produce la
renovación, merced a la reflexión que se efectúa respecto de los
conocimientos que se han ido acumulando en siglos de historia, en España no es
ello posible. Si hasta entonces, y debido al hecho del descubrimiento del Nuevo
Mundo, numerosos autores españoles habían contribuido a lacreación de una
abundante literatura etnográfica, a partir de ese momento ceden a cualquier
esfuerzo comparativista y sintetizador.
Mas
el triunfo de la razón que produjo la Ilustración, allí donde ello fue
posible, estimuló no sólo todo tipo de conjeturas sino también la comprobación
de muchas de ellas. Los viajeros franceses de la época nos han transmitido
valiosos documentos etnográficos en los que implícitamente se apela al
comparativismo, tratando de crear el ambiente propicio para el encauzamiento de
una fértil discusión evolucionista. Las circunstancias se ilustran
especialmente a través del caso del investigador francés J ,F. Lafitau, cuya vida transcurrió en
América del Norte. Este sabio jesuita es el autor de una influyente obra
que lleva por título Costumbres de los salvajes americanos comparadas con las
costumbres de los primeros tiempos (1724), en la que, como buen conocedor de la
historia clásica, establecía numerosos paralelismos
entre las culturas antiguas y las culturas de los indios americanos. Los nativos
hurones e iroqueses le servían como punto de partida para ver en ellos un
remoto pasado de la civilización de su tiempo, situando a las culturas clásicas
en un punto intermedio, y configurando de este modo una teoría de corte
evolucionista. El P, Lafitau subraya la idea de que las culturas sólo podían
ser comprendidas en su propio contexto, y no en el de la cultura del estudioso.
Pero, no es menos importante que Lafitau advirtió que las culturas se ordenan
conforme a un orden de progreso, de forma que las más antiguas arrojan luz
sobre las más modernas. No en vano, Lafitau es tenido por uno de los
antecesores directos, más que de la ciencia etnográfica, del conocimiento
antropológico moderno.
La
idea de J,F, Lafitau de comprender a los nativos según sus hábitos y
costumbres, indudablemente distintos de los que practicaban los europeos, poseía
un claro significado. Separándose un tanto de la tradición tomista de la ley
natural que partía de la premisa de la existencia de una ley natural universal
- que había de encontrarse en todos los seres humano-, y separándose por igual
de las corrientes escépticas que sostenían que de la enorme variedad de
culturas no se podía deducir que existiera una moral común a todas ellas, no
siendo la mínima derivada de las necesidades de supervivencia, trataba de
probar que los hábitos y costumbres de todos los pueblos son comparables, y que
en los mismos se advierte el resultado de una evolución.
Otros
autores de su época, franceses como él, llevaron a cabo importantes
elaboraciones acerca del estado de los estudios etnográficos, aunque sin
verificar ninguna de sus elucubraciones sobre el terreno. Así sucede con J
N , Demeunier, quien pasa por ser uno de los grandes pioneros de la etnografía
en el siglo XVIII. La importancia de los estudios de Demeunier, como primero la
de los de Lafitau y otros, radica, no s61o en haber puesto de mani6esto la diversidad
de las culturas, cuya idea era ya antigua, sino en haberlas conectado con la
supuesta gran humanidad del hombre europeo, del hombre blanco, cristiano y
civilizado, cuya imagen estaban haciendo saltar en pedazos los pensadores
ilustrados.
La
vieja idea de Locke, de que la mente
humana es en el momento del nacimiento una caja vacía, que se va colmando de
experiencias hasta hacer distintos a los hombres, a través de la socia1izaci6n
y
la educaci6n, caló profundamente
entre los ilustrados, que buscaron ávidamente en los relatos de los ehnógrafos,
y en sus conclusiones, la verificación de sus hipótesis. La fuerza de la raz6n
iba a forjar una idea de progreso,
que trascendiendo la Ilustración iba a llegar, hasta 1840, a modo de
antecedente inequívoco de las doctrinas
evolucionistas.
Es
entre los pensadores de la Ilustraci6n escocesa y de la francesa donde,
efectivamente, mejor aparece enunciada la idea de progreso. Entre los escoceses,
la hallamos formulada en Adam Fergusom, en William Robertson y en Adarn Smith,
entre otros ; y entre los franceses en Voltaire, en Montesquieu, en Condorcet,
etc, Para todos ellos, la sociedad civilizada supone el logro que permite al
hombre realizar el potencial de su naturaleza humana, de manera que el ser
humano sólo se entiende en el marco de una progresión. Tanto Robertson como
Montesquieu circunscriben a tres estadios el discurrir humano, que son el
salvajismo, la barbarie y la civilización, y en ello coinciden la
generalidad de los ilustrados. En general, su concepción de
la unidad psíquica de la humanidad les sirve para entender que los
grupos sociales recorren análogos estadios en su evolución, y que cada uno de
ellos se acompaña de la correspondiente estructura tecnológica y económica, y
de idéntica organización social. El establecimiento de paralelismos culturales
permitiría conocer, no sólo el grado evolutivo de cada grupo, sino el camino
que habían recorrido los más civilizados.
Desde el punto de vista propiamente etnográfico,
que es el que nos interesa más aquí, el gran mérito de la Ilustración
consiste en haber sistematizado el corpus
etnográfico conocido hasta el momento, y que se hallaba disperso en
numerosas obras elaboradas desde la antigüedad. Añadidamente, establecen
relaciones entre todas ellas, a fin de extraer conclusiones.
Para ello, llevan a cabo un perfeccionamiento del método, recurriendo a
la configuración de categorías y al establecimiento de paralelismos culturales
que permitieran un avance del conocimiento. Y por otra parte, el empleo de la
razón les conduce a demandar aquellos datos etnográficos aun desconocidos, y
que les han de servir para mejorar la verificación de sus hip6tesis.
Se
puede decir que en el siglo XVIII no se produjo un sustancial incremento en la
literatura etnográfica, sino que
por el contrario la reflexión fijó las bases de lo que sería la etnografía
posterior,
Las
exploraciones que tienen lugar en todo el mundo a finales del siglo XVIII,
incitadas por la necesidad de buscar nuevas soluciones para una población
creciente como la europea, y también por la curiosidad de muchos estudiosos,
conducen a una permanente ampliación de las informaciones etnográficas. Si en
los siglos XVI y XVII Europa había puesto la mirada en América y Asia, en los
siglos XVIII y XIX, además, la pone en África, dando lugar al consiguiente
choque cultural.
El
avance que se había producido en el conocimiento del hombre en particular,
y del mundo geográfico en general, estaba abriendo numerosos interrogantes
sobre cuestiones tales como el origen del hombre, la clasificación de las razas
humanas, la antigüedad del Universo y otras, Humanistas y naturalistas se
lanzan a la verificación de las múltiples hipótesis sugeridas por los filósofos,
por lo que no son pocas las expediciones geográficas que, auspiciadas por los
gobiernos europeos, realizan metódicos estudios. Así el debate sobre el origen
del hombre conduce a una larga discusión, en esa época de bisagra entre dos
siglos, cuyos polos están representados por los llamados monogenistas,
que defendían la unidad de la especie humana, y los denominados poligenistas
, que sugerían una diversidad de especies atendiendo a las razas.
Llegados
a este punto, la era del pensamiento progresivista
iniciada en el siglo XVIII había alcanzado su punto culminante, y dejaba paso a
otra que es conocida como evolucionista.
Charles
Darwin profundiza en la orientación que había dado a sus estudios
naturalistas, y su teoría se
plasmaría en 1859 en la conocida obra El
origen de las especies, donde se demostraba la continuidad de la vida a través
del mecanismo representado por la selección natural de las especies, esto es,
el éxito de los individuos mejor adaptados
y el fracaso de los menos aptos, lo cual contradecía la idea tradicional de las
sucesivas creaciones y desarrollaba el precedente sentado en la obra de J ,A. de
Lamarck, un tanto olvidada por entonces. El
trabajo de Darwin situaba al hombre en su justo término, haciéndolo derivar de
formas primitivas más antiguas , aunque sin detenerse exhaustivamente en el
asunto.
¿Por
qué la obra de Darwin fue tan importante
para el devenir de la etnografía y de la antropología? En primer lugar hay
que señalar que porque sirvió para estimular los logros alcanzados hasta
entonces, provocando su rápido desarrollo, y en este sentido es bien sabido que
tales disciplinas fraguan en el marco
evolucionista. La obra de Darwin empujó a los estudiosos a descubrir cómo
había evolucionado la sociedad humana, ya que en aquélla se reconocía implícita
y explícitamente esta evolución al compás del progreso cultural, tal como habían
supuesto los teóricos del siglo XVIII y de la primera mitad del XIX, y por
supuesto algunos de los autores de los relatos etnográficos que se han citado.
De otra parte, el propio Darwin se reconoce en sus obras heredero de pensadores
sociales como Mathus o Spencer, quienes con sus ideas de la evolución social
influyeron notablemente sobre el naturalista. De hecho, Spencer había precedido
a Darwin en la utilización del término «evolución» , e igualmente en la de
la expresión «supervivencia de los más aptos» (M, HARRIS, 1968.: 105-112).
En este mismo sentido, cuando se publican los trabajos de Darwin y de Spencer,
otros estudiosos como Bastian, Morgan y
Tylor, considerados estos dos últimos como padres de la antropología, se
hallaban ya muy adelantados en su elaboración de la teoría evolutiva de la
sociedad.
Pero,
además, la teoría darwinista resultó estimulante para los estudios etnográficos
y antropológicos, porque al situar la humanidad en el seno de las ciencias
naturales, confirió a estas nacientes ciencias sociales un carácter empírico,
que no só1o se tradujo en un afianzamiento de su orientación y de su metodología,
sino que catapultó a las mismas hacia una posición de relieve en el conjunto
de las ciencias. Los grandes logros de la ciencias naturales por estos años
centrales del siglo XIX supusieron un estimable referente para la antropología,
que hizo de la etnografía su fundamento esencial, abandonando su indecisa
posici6n especuladora. La teoría evolucionista de la antropología será
construida a partir de una abundante literatura etnográfica, que débilmente
comenzaba a ser reunida por los propios teóricos, en lo que suponía un intento
por superar la vieja disociación entre el trabajo empírico y el teórico.
Durante
la primera mitad del siglo XIX la etnografía había experimentado un
notable progreso en su metodología. La búsqueda de la objetividad generó
desde comienzos de siglo la elaboraci6n de cuestionarios, dispuestos para ser
aplicados por los investigadores. Así el preparado por Gérando en 1804,
y que lleva por título Consideraciones sobre los diversos métodos a
seguir para la observación de los pueblos salvajes, es un buen ejemplo, cuya
expresión más elocuente es la frase
contenida
en el mismo de que «el primer medio para conocer a fondo a los salvajes es en
cierta manera convertirse en uno de ellos». Naturalmente, el término «salvaje»
no tiene aquí un significado peyorativo, sino que simplemente responde a una concepción evolucionista, que alcanzará todo su desarrollo en L.H,
Morgan y E,B, Tylor, aunque también en G. Klemm, Th. Waitz, JJ Bachoffen, H.
Summer Maine, J F. McLennan y en otros muchos más.
Sin
embargo, desde el punto de vista de la etnografía interesan aquí especialmente
Morgan y Tylor, más preocupados por
el estudio real de las sociedades que por la especulación acerca de las mismas.
La
gran novedad en el desarrollo de la etnografía es que ahora, a mediados del
siglo XIX, tal como se ha señalado, los teóricos comienzan a dejar de tomar
prestados de otros autores los relatos etnográficos. El ejemplo más
significativo es el del abogado neoyorkino L,H.
Morgan, que antes de mediados del siglo XIX realiza algo similar a un
trabajo de campo entre las tribus iroquesas, fruto del cual fue la publicación
de una sólida monografía sobre el tema, The League of the Iroquois ( 185 1),
donde se repasaban todos los temas de la materia, pero donde se atendía
singularmente a los aspectos políticos, y sobre todo al parentesco como forma
de organización social, y que a la postre se revelaría de una enorme
trascendencia, no tanto por lo que significaba en sí, sino por cuanto suponía
el anticipo de su gran preocupación, tratada en una obra posterior, Systems of
Consanguinity and Ajfinity of the Human Family ( 1871), que abrirá un gran
ciclo investigador en el seno de la antropología,cual es, precisamente, el
referido a los estudios de parentesco. Al mismo tiempo, esta obra precedía a
otra que resulta fundamental, La sociedad antigua, salida de la imprenta en
1877.
La
conclusión de Morgan, característica del evolucionismo
social, y contenida básicamente en la última de las obras citadas, consistía
en reafirmarse en que, al abrigo de la unidad psíquica de la humanidad, todas
las sociedades recorren unilinealmente
unos mismos estadios que, en esencia, son los correspondientes al primitivismo, a la barbarie y a la civilización, aunque
distinguiendo en el seno de éstos una serie de etapas. La citada inducción se
llevaba a cabo a partir de su trabajo de campo entre los indiosnorteamericanos,
pero también a partir de lo que aún seguía siendo habitual en los etnógrafosde
la época, el envío de minuciosos cuestionarios a eruditos, curiosos y viajeros
de muchaspartes, a fin de poner en práctica lo que habría de ser el método
comparativo, y que resultainseparable de la práctica antropológica de la época.
La
obra antropológica del británico E.B.
Tylor, poseyendo un extraordinario significado, comparable al de L.H. Morgan,
no responde más que en escasa medida a sus propias observaciones etnográficas,
efectuadas en América en su juventud, Sin embargo, en la sólida plasmación de
su teoría evolucionista, sí se advierte una progresión en el riguroso empleo
de los datos etnográficos, en aras del empleo preciso del método comparativo,
hasta sentar uno de los precedentes sustanciales del empleo del mismo. El rigor
etnográfico en Tylor, con quien se institucionaliza la antropología académica,
al convertirse en lector de la materia en la Universidad de Oxford en 1884, es
singular, sobre todo por comparación con la ausencia metodológica que se
advierte en el enorme arsenal etnográfico correspondiente a culturas de todo el
mundo utilizado por J G, Frazer, el
conocido evolucionista inglés, cuyos planteamientos fueron seriamente
reprobados por A,R, Radcliffe-Brown, no sólo por el procedimiento empleado para
reunirlos, mediante cuestionarios enviados a individuos de la más variada
condición, y sin contribución empírica alguna por parte del autor, sino por
el uso dudoso que hizo de los mismos a la hora de construir la teoría antropológica,
contenida de modo expreso en su obra The Golden Bough publicada en 1890.
A
pesar de todo, la etnografía había alcanzado su pleno estatuto en la segunda
mitad del siglo XIX. La etnografía ya no se hallaba a merced de curiosos y
viajeros, sino de profesionales dotados de una excelente formación. El etnógrafo
de finales del siglo XIX ya no recogerá sus datos con fines religiosos o
administrativos, sino con la pretensi6n de enfrentarlos a una hipótesis previa,
supeditada a la teoría antropo1ógica. La descripción de curiosidades acerca
del hombre y de la sociedad deja paso a una observación rigurosa que permita la
conquista del conocimiento científico. En suma, la antropología, sin duda
favorecida por el hecho de su institucionalización
académica, había adoptado el perfil característico de una disciplina
científica,
1.4
LA ETNOGRAFÍA CIENTÍFICA
Parece
haber acuerdo en que la antropología sociocultural nace
disciplinariamente en el siglo XIX, en un contexto histórico determinado
por la herencia ilustrada y el apogeo colonial, y cuando las múltiples
aproximaciones etnográficas hechas por una vasta literatura estaban en
condiciones de proporcionar un procedimiento científico de conocimiento.
Esto
ha hecho observar, en sentido amplio, que mientras la etnografía nació de la
mano del imperio español en su descubrimiento de un mundo nuevo, la antropología
lo hizo de la mano del británico, en plena era victoriana, cuando tiene lugar
su advenimiento disciplinar.
Ahora
bien, hay acuerdo, por lo general, en considerar a los evolucionistas decimonónicos,
y concretamente a Morgan y
Tylor, como los padres de la antropología contemporánea. Ellos
superan la especulación a que estaba sujeta la antropología, confiriéndole un
estatuto epistemo1ógico.
Es
verdad, entonces, que surgida la antropología sociocultural en la segunda mitad
del siglo XIX, su desarrollo se halla indeleblemente unido en una primera fase a
la expansión imperialista de las grandes potencias, lo cual, a propósito,
supuso un enriquecimiento de su objeto, un acercamiento profundo a la diversidad
cultural y una ampliación de sus bases empíricas. Fue de esta liza de la que
surgieron los imperios coloniales, destacando entre ellos el británico y el
norteamericano, además del francés, aunque la decidida política imperialista
del primero de ellos le llevó a una posición de privilegio. Es en estas
circunstancias en las que se produce la interrelación entre la necesidad de la
antropología de estudiar la diversidad cultural y el deseo de los imperios por
conocer mejor las sociedades situadas bajo su dominio, con lo que las
expediciones científicas patrocinadas por las potencias coloniales se
suceden incesantemente.
En
el ambiente evolucionista de los últimos lustros del siglo XIX se afirma un
movimiento de réplica, que adquirirá una fuerte implantaci6n en el campo de la
antropología y que es conocido con el nombre de difusionismo.
Se trataba de una vieja corriente, inserta en la tradici6n europea, a la que ni
siquiera Tylor había sido ajeno, y que entonces toma cuerpo en Alemania, a
partir , sobre todo, del magisterio de F. Ratzel y de su discípulo L. Frobenius,
A ello se unieron los resultados de la etnografía en este país, cuyo
fundamento se hallaba en los ricos materiales llegados de África, Oceanía y
diversas islas del Pacífico, donde Alemania contaba con una s61ida implantación
colonial, así como los resultados de algunas importantes expediciones científicas.
El examen de dichos materiales, permitieron a algunos estudiosos fundamentar una
teoría difusionista, según la cual los préstamos parecían constituir el
fundamento del desarrollo de las culturas. La corriente, sustentada en la
etnografía museística, y no en el trabajo de campo, y amparada en la
especulaci6n, encontrará en Fritz Graebner y en Wilhelm Schmidt sus más
cualificados difusores.
A
punto de finalizar el siglo XIX, William
Halse Rivers que en principio había sido un abierto partidario de las tesis
evolucionistas, se adscribe a partir de una expedición británica al Estrecho
de torres a los postulados
difusionistas. Rivers, médico de formaci6n, se convertía, así, en uno de los
primeros antropó1ogos europeos que cimentaba su teoría en el
trabajo de campo desarrollado por él mismo en la India, en línea con lo
que iba a ser la antropología británica en el futuro. Esta actitud de defensa
de la observaci6n directa de los difusionistas ingleses pretendía ganar en rigor,
frente a las generalizaciones etnográficas de los antrop61ogos evolucionistas,
muy escasamente contrastadas. De hecho, la investigaci6n etnográfica de Rivers
( 1910) en el ámbito del parentesco puede considerarse como excelente.
Esta
misma actitud, más acusada aún, la hallamos en el difusionismo norteamericano,
y más en concreto en el particularismo
histórico de Franz Boas. Alemán de nacimiento, su formación teórica al
lado de Ratzel le había introducido en las tesis difusionistas, Asimismo, Boas
había participado en distintas expediciones científicas. La
postura particularista de F, Boas ( 1911 ) con respecto a la etnografía
y a la antropología se explica por razones diversas, comenzando por su rechazo
abierto del determinismo geográfico,
a partir de sus observaciones empíricas, y contradiciendo en este aspecto la
tesis ratzeliana,
En
la consideración de Boas, el medio actúa más bien como un condicionante de la
cultura.
Boas
admitía la divisi6n de las ciencias entre las de la naturaleza y las del
espíritu, adscribiendo Boas la antropología a las segundas por hallarse la
disciplina incapacitada para participar del método de las ciencias
naturales,dada la dificultad de la misma para enunciar leyes generales.
La
visi6n boasiana se derivaba, en buena medida, de los estudios realizados por
Boas en su Alemania natal, orientados hacia la física y la matemática,
juntamente con la geografía, Esta formaci6n fue la que le condujo,
a convertirse en un gran innovador, y a conferirle a la antropología
muchos de los caracteres que presenta en nuestros días. Con él
la antropología perdi6 el componente especulativo que aún conservaba en
la escuela evolucionista, para adquirir un carácter marcadamente empírico,
a partir del conocimiento proporcionado por una minuciosa etnografía, basada en
la observaci6n directa del investigador
.
Las
técnicas de observaci6n y recogida de datos se transformaron radicalmente,
puesto que en las mismas habían de estar presentes, antes que nada, las categorías
de los observados, empezando por ser registradas en su misma lengua, la cual debía
ser bien conocida por el investigador. La aprehensión de los datos etnográficos
derivados del trabajo de campo, juntamente con el conocimiento de la lingüística,
de la historia y de la antropología física, se convirtieron en el fundamento
del análisis antropológico del particularismo histórico. Con Franz Boas, en
consecuencia, la etnografía fue elevada a la necesaria consideración.
Debido
a la concepción particularista de Boas acerca de los hechos etnográficos y a
la crítica formulada al comparativismo evolucionista, a menudo se le ha
considerado como un consumado relativista, cuando en el fondo su metodología
lleva implícito un comparativismo controlado. Una rigurosa recogida de datos
etnográ6cos en un área determinada, debidamente contextualizada, posibilitaba
la legítima comparación con los datos cuidadosamente reunidos en otras áreas
de caracteres análogos. La acumulación del conocimiento así obtenido permitiría
llegar a la aplicación de un procedimiento deductivo seguro.
Boas
no fue, de ninguna manera, partidario de la generalización evolucionista,
construida sobre los cimientos de la especulación, y consecuentemente alejada
de la realidad de unos hechos que sólo el análisis etnográfico podía
garantizar.
La
pasión boasiana por la etnografía de campo explica que la escuela de antropólogos
reunida en torno al maestro, tal vez la más fértil que ha conocido la
antropología, y con las naturales divergencias, se lanzara a un interminable
trabajo de campo en América y fuera del continente, que daría sus frutos a lo
largo de la primera mitad del siglo XX, - Robert Lowie,, Alfred Kroeber y así
se podría citar una larga nómina de estudiosos. Uno de sus alumnos, Paul Radin,
acentuó la idea del maestro, de
captar las categorías de los estudiados en un esfuerzo aproximativo, para
dotarla de un carácter humanista, huyendo del agobiante cientifismo boasiano,
para subrayar la importancia de la observación participante. Con Paul Radin se
experimentaba un extraordinario avance en el perfeccionamiento del
comparativismo etnográfico.
En
pleno apogeo de la escuela boasiana, y en total actividad de su creador, hacía
su irrupción en el panorama antropológico un movimiento, de clara implantación
británica, y que recibiría la denominación de funcionalista,
de acuerdo con las propuestas teóricas de sus creadores. El funcionalismo nacía
en el ámbito temporal de los años siguientes a la Primera Gran Guerra, los de
la década de los veinte, cuando las
potencias vencedoras, retornaban
con nuevos bríos expansionistas a un mundo colonial que comenzaba a
transformarse lentamente, después de mucho tiempo de dominación, y que por
otro lado comportaba la imagen de la grandeza occidental en el pasado. El
funcionalismo, que hundía sus raíces en la escuela sociológica francesa de E.
Durkheim, y cuyo concepto de la
sociedad respondía al símil del organismo vivo en el que la vida del mismo se
supedita a la armonía de sus órganos, concordaba con los anhelos occidentales
de un apacible mundo colonial.
Es
a comienzos de los años veinte cuando se publican los primeros trabajos
funcionalistas, llevados a cabo en los últimos años del conflicto. Sus
autores, serán, sin embargo, los grandes forjadores de una sólida y precisa
etnografía, que les permitirá consolidar definitivamente la disciplina
antropológica, mediante la aportación de una metodología modélica que
advertimos tanto en B , Malinowski como en A,R Radcliffe-Brown, sus grandes
impulsores, a pesar de que R, Lowie (1937. 280-303) y otros señalen al primero
como el auténtico creador.
Frente
a la especulación generalista de los evolucionistas, y
frente al difusionismo historicista, los funcionalistas proponen un
conocimiento sincrónico de la sociedad, en el que los distintos elementos que
la componen sean estudiados significativamente dentro de un contexto, lo cual en
Malinowski constituye el presupuesto básico a la hora de establecer su teoría
general de la cultura.
Los
estudios funcionalistas se definen por el rigor de su conocimiento etnográfico,
llevado a cabo en comunidades de pequeña escala, y a través de una larga
permanencia en el seno del grupo estudiado, tal como se pone de relieve en la
obra de Bronislaw Malinowski y en la de
Alfred Radcliffe-Brown,
La
experiencia etnográfica de Malinowski, puede
considerarse muy intensa y prolongada (islas Trobiand. 1916). Radcliffe-Brown
realizó por estos mismos años su trabajo de campo, más restringido, entre los
nativos de las Islas Andamán, comenzando una obra que se haría con el tiempo
mucho más teórica, como se desprende de la larga serie de artículos contenida
en Estructura y función en la sociedad primitiva ( 1952), aunque no exenta de
una sólida defensa de la observación sistemática de los hechos etnográficos,
como parte sustantiva de la construcción antropológica. Así, las obras de
Malinowski y de Radcliffe-Brown representan la madurez del procedimiento etnográfico,
la cristalización de un proceso iniciado tiempo atrás, caracterizado por un
enfático realismo y por un riguroso cientifismo.
La
gran conquista de Malinowski fue la aplicación de un procedimiento para
penetrar en la mentaIidad de los nativos, consistente en la observación
participante, a partir de la idea de que sólo sumergiéndose en una
cultura, y siendo uno de los estudiados, el observador puede descubrir y
analizar las relaciones entre los elementos que componen dicha cultura. La
observación participante es para Malinowski ( 1944) la clave del análisis
funcional, en tanto que ninguna función puede ser aprehendida fuera de este
procedimiento. Este análisis funcional es tan exhaustivo que le lleva a la
consideración de entender que la historia en el ámbito de la antropología no
produce el soporte científico necesario. La historia es para Malinowski una
nebulosa, cuya interpretación es siempre especulativa, de lo que deduce que la
labor del antropólogo se ha de reducir, sistemáticamente, a la identificación
de una relación unívoca entre instituciones y funciones.
La
defensa por parte de Malinowski del procedimiento etnográfico de la observación
participante, la huida de cualquier especulación diacrónica
y la apuesta por consideraciones puramente sincrónicas,
dieron lugar al éxito de un modelo de monografía etnográfica que no sólo sería
propia de los funcionalistas en el futuro, asentada firmemente sobre una
prolongada observación participante, de dos años al menos, y caracterizada por
la zambullida plena del autor en la cultura estudiada, que encuentra en Los
argonautas del Pacífico Occidental ( 1922) de Malinowski su modelo perfecto. A
este estilo de presentar los hechos examinados, en el más puro presente etnográflco,
como si el tiempo no transcurriera, y que dominará durante décadas el panorama
antropológico, persistiendo aún en nuestros días, se le llamará realismo
etnográfico. La gran diferencia con la etnografía anterior, aparte de su énfasis
en la intencionalidad cientifista que la escuela boasiana estaba implantando en
América simultáneamente, y que la diferencia sustancialmente de la etnografía
predisciplinar, es el empeño por captar nítidamente la imagen del «otro», y
por dejar oír su voz.
Este
énfasis en la monografía etnográfica lo hallamos en otros autores de la
antropología inglesa, como en E.E, Evans-Pritchard,
alumno de Malinowski, con igual rigor y precisión, y que pone de manifiesto su
singular cualidad para lograr el «arte
de la ciencia antropo1ógica", pero con una dimensi6n distinta a la de
los funcionalistas, que ahora son recusados, dejando paso a una orientaci6n más
hist6rica de la antropología. A destacar en
E.E, Evans-Pñtchard el valor de su magistral procedimiento etnográfico,
contenido en sus trabajos sobre los azande y en su excelente monografia
acerca de Los nuer ( 1940). Esta misma concepci6n etnográfica la
hallaremos, corriendo los años, entre los discípulos del propio Evans-Pritchard,
como se observa en la monografía de C.
Lisón sobre Belmonte de los Caballeros (1966).
En
Estados Unidos, las largas estancias de campo en tierras ex6ticas cobran también
carta de naturaleza, particularmente con una investigadora, M,
Mead, influida por Boas y por los movimientos freudianos que confluirían en
la escuela de Cultura y Personalidad, a la que se adscribe esta autora. M. Mead
investiga en Samoa (1928),y se centra en determinados aspectos de la
realidad que estudia, y que en el caso
de la citada autora son fundamentalmente los derivados de los condicionamientos
de la personalidad y de sus variaciones. En M, Mead hay un alejamiento
progresivo del estatismo etnográfico, que se advierte en su paulatino interés
por los procesos de cambio.
Lo
cierto es que a finales de los años treinta el volumen de las informaciones
etnográficas recogido en distintas partes del mundo aconsejó a un grupo de
profesores de la Universidad de Yale, dirigidos por G.P, Murdock, su sistematización. El intento, que contaba con la
oposición de quienes contemplan el empleo de la estadística en la cultura como
un atentado contra su misma unidad, se realizó a partir de un archivo etnográfico,
constituido con múltiples datos
correspondientes a culturas de todo el mundo, que se denominó Yal
Cross-Cultural Survey. Dicho archivo supuso el germen de un proyecto
interuniversitario, de mayor complejidad, que fue el Human Relations Area Files,
en el cual quedaban reflejadas las regularidades y las correlaciones etnográficas
de numerosas sociedades, que hasta entonces se hallaban dispersas.
El
HumQn Relations Area Files supuso una importante contribución al conocimiento
antropológico, activando el valor del método comparativo. La validez de este
archivo se justificaba por el rigor de su construcci6n, a partir de abundantes
datos sobre la familia, el parentesco, la organización política, etc, hasta
convertirse en la esencia de los estudios nomotéticos.
si
bien su contenido hubo de ser adaptado en los años
La
cima de la ambición científica de Murdock quedaría expresada en el
Ethnographic Atlas (1967), donde se reunieron minuciosamente los datos de 863
sociedades, y en el que superándose la técnica de muestreo utilizada hasta
entonces se abogaba por la construcci6n de un «universo cultural», mediante
los datos reunidos en todo el mundo a lo largo de los últimos siglos.
Al
mismo tiempo que se afianza el comparativismo
etnográfico en la antropología, distintas escuelas optan a partir de los años
treinta, por separarse del estatismo
etnográfico encauzando sus investigaciones de campo hacia los estudios del
cambio, con una especial preferencia por los aspectos materiales. Ello es bien
visible en los movimientos
neoevolucionistas, tanto en su vertiente general -L.
White- como en su vertiente multilineal -J. Steward-
de las décadas anteriores a la mitad del siglo XX. Y lo seguirá siendo en los
que surjan tiempo después, en los
años sesenta, inspirados en este
neoevolucionismo de corte materialista, tales como el neofuncionalismo ecológico
-A. Vayda y R. Rappaport-, el
materialismo cultural (M, HARRIs, 1979). el materialismo dialéctico-crítico etc. En la etnografía que
sustenta todas estas corrientes en general, se aprecia por los aspectos
cambiantes de la vida social y por la dinámica de los sistemas culturales, en
el seno de lo que podría llamarse dinamismo
etnográfico.
Es
preciso señalar que en plena gestación de los métodos correlativos surge en
el seno de la antropología sociocultural una corriente de pensamiento que se
designa con el nombre de estructuralismo. Brota, por tanto, en los años inmediatamente
posteriores a la Segunda Guerra Mundial cuando el mapa colonial se ha
transformado y camina hacia un drástico cambio, y cuando las sociedades exóticas
que habían atraído la atención de los etnógrafos están a punto de
desaparecer si no lo han hecho ya lo
cual si bien no supuso una crisis en el objeto de la antropología - porque
dichas sociedades eran una parte más del objeto -, sí una limitación del
mismo.
La
corriente, de adscripción básicamente francesa, al menos en sus orígenes,
tomaba por referente la escuela sociológica
francesa de E, Durkheim y
M, Mauss, al igual que lo había hecho el funcionalismo inglés.
Mas la atención no se centra en aprehender la función de los elementos,
como sucedía en éste sino en comprender las estructuras del pensamiento que
rigen el sistema analizado.
La
antropología estructuralista guarda una estrecha analogía con el método
fonológico del círculo de Praga, de
Trubetzkoy y de Jakobson, al
considerar los elementos de la cultura al modo que los fonemas forman elementos
de significación. Ello se entiende al considerar que es la lingüística
estructuralista la fuente de inspiración de la antropología estructural, a la
que se añaden las influencias del psicoanálisis, y otras más remotas de los
pensadores ilustrados.
Con
estos caracteres, la metodología estructuralista parte, necesariamente
de una vívida experiencia etnográfica, marcada por la sincronía de los
acontecimientos examinados, cuya pretensión no es la captación minuciosa de
los hechos. Esta actitud intermedia
que se advierte en la antropología estructural de
C. Lévi-Strauss el conocido
creador, fue la que desarrolló durante su trabajo de campo en América del Sur,
al objeto de poder penetrar en cada aspecto de la sociedad y la cultura - el
parentesco y la mitología son los preferidos- y descubrir su red de oposiciones
binarias - partiendo de la función estructuradora de la mente de los actores.
Dicha mente según Lévi-Strauss, se comporta de manera análoga en todos los
lugares y en todas las épocas, en tanto que racional, universal y eterna. La
tarea del etnógrafo consiste, pues, en describir las pautas observables, y
reconstruir antropológicamente las estructuras más profundas. El hecho de que
la etnografía al estudiar una sociedad descubra la distinción entre lo que los
individuos hacen y lo que dicen que hacen, que ya fue puesta de relieve por B.
Malinowski, es la razón de la concepción estructuralista, que
sin embargo, tiene un propósito deductivo-inductivo, mientras que el de
los funcionalistas, al revés, era más inductivo-deductivo.
Esta
visión estructuralista de la sociedad que se advierte en C. Lévi- Strauss es
similar a la que se percibe en E, Leach
al defender un enfoque racionalista contrario al empirismo que había
caracterizado a los funcionalistas ingleses. Los estructuralistas atribuyen al
etn6grafo una labor consistente en descubrir la estructura de las ideas que
tienen los individuos, por encima de sus conductas aparentes, más fingidas que
reales.
1.5.-FORMAS DE ETNOGRAFÍA.
Con
posterioridad al nacimiento de la antropología estructuralista, a finales de
los años cincuenta, surgen otras corrientes que como ésta abordan los fenómenos
culturales como sistemas ideacionales. Una de éstas, al igual que el
estructuralismo influenciada por los planteamientos teóricos de la lingüística,
será la llamada «nueva etnografía», bajo
el impulso inicial de
W, Goodenough (1964: 35-39) y de otros autores como S. Tyler, C, Frake, P, Kay,
etcétera.
Esta
corriente nacida en la Universidad de Yale, entiende cada cultura como un
sistema de cogniciones compartidas. Tales cogniciones, creadas por el intelecto
humano, explican la organización de las cosas, de los acontecimientos y de las
conductas, considerando que el intelecto humano genera cultura valiéndose s61o
de un número finito de reglas, con intervención del inconsciente.
Consecuentemente, sólo una intensa labor etnográfica puede descubrir la
utilización de las reglas que guían cada cultura.
En
efecto, tales postulados, se hallan muy próximos a los principios de la
antropología estructuralista. Pero, así como los estructuralistas defienden la
búsqueda de reglas universales, válidas para todas las culturas, los
integrantes de la «nueva etnografía» - también llamada etnociencia
o etnosemántica -, constriñen su búsqueda a las reglas de cada cultura en
concreto. Para lograrlo, los cultivadores de la «nueva etnografía» han
recurrido al análisis de las formas con que los individuos integrantes de una
cultura perciben su mundo, valiéndose los investigadores de la utilización de
la perspectiva emic o interna, esto es, adoptando el observador el
punto de vista de los observados, frente a la perspectiva etic o externa, en la que prevalece el punto de vista del
observador.
Esta
distinción de perspectivas que se opera en la «nueva etnografía» (GOOOENOUGH,
1971), responde a la idea introducida por aquellos años centrales del siglo por
el lingüista K, Pike, al proponer dichos sufijos, emic y etic, para calificar el estudio de la cultura, de modo análogo
a como lo hacen en la lingüística la fonología - phonemic - y la fonética -phonetic-.
Mientras aquélla se centra en el estudio de las unidades sonido significativas
para ésta se refiere a la descripción de los sonidos del hablante efectuada
por un observador exterior a efectos comparativos, y exenta de sentido para el
hablante. De ahí que el investigador de la «nueva etnografía» trate,
mediante el trabajo de campo, de averiguar la prelación de ideas que utilizan
los individuos cuando toman decisiones en orden a la conducta más adecuada que
han de adoptar, consecuentemente con la cultura en la que viven. El etn6grafo
trata, por tanto, de captar la cultura de los nativos de forma análoga a la que
éstos han seguido para aprehenderla, mediante un proceso de enculturación.
Esta
forma de cultivar la etnografía no deviene, como podría parecer, en una
predicción del comportamiento de los sujetos. El etnógrafo únicamente trata
de conocer las normas de conducta que se consideran fundamentales, aptas y
apropiadas en 1a cultura que estudia, aunque previendo que pueden ser
vulneradas.
Los
trabajos más insistentes de los integrantes de la «nueva etnografía» se
han venido concretando en lo que se denomina «sistemas de clasificación
popular», es decir, en el estudio de la forma en que los nativos organizan su
mundo, clasificando las ideas y las cosas mediante taxonomías, a partir de su
lenguaje. Los etnógrafos cognitivistas
han mostrado una extraordinaria preferencia por las concepciones nativas del
universo ordenado de las plantas, de los animales, del parentesco, etc,
proyectadas sobre minuciosas terminologías,
que son aprehendidas en el trabajo de campo, y que no hacen sino poner de
relieve la estrecha relación existente entre los conceptos y las palabras.
El
giro efectuado por la «nueva etnografia»
hacia la perspectiva emic resultaría
trascendente, pero no por novedoso, sino porque desarrollaba instrumentos etnográficos
distintos a los que venían utilizándose. Novedosos no podían ser considerados
porque la preocupación por capturar las categorías de los estudiados venía
manifestándose, al menos, desde los tiempos de Fray Bernardino de Sahagún, y
la apreciamos con extraordinaria nitidez en las obras de F, Boas y más todavía
en las de B, Malinowski, Sin embargo, no es menos cierto que el procedimiento
etnográfico gana en precisión ahora, lo cual juega en beneficio de los
resultados. Al hallarse sistematizada la recogida de información y ser públicos
la metodología y los resultados, el experimento es susceptible de verificación.
Adviértase que hasta entonces los trabajos etnográficos, salvo raras
excepciones, no ofrecían explicaciones acerca de la metodología empleada en la
recogida de datos, con lo cual eran la promesa del autor y el acto de fe del
lector los que validaban la tarea etnográfica. Se explica, entonces, que sobre
un cierto número de estos viejos trabajos etnográficos haya recaído a menudo
la duda de la garantía.
La
defensa del particularismo realizada por la «nueva etnografía» , vieja en
alguna medida, frente a la del drástico universalismo preconizada por el
estructuralismo, y a pesar de la común concepción que poseen ambas de la
cultura como sistema ideacional, acabaría por abrir nuevas vías
interpretacionistas a la etnografía. Una de éstas sería la de la llamada antropología
simbólica, cuyos cultivadores coinciden en la concepción de las culturas
como sistemas de significantes y significados compartidos. Esta corriente, que
irrumpió en el panorama antropológico con las obras de Victor
Tumer (1967), de Mary Douglas (1970), de Clifford Geertz ( 1973) y de
algunos otros, a finales de los años sesenta, se distinguió en seguida por su
enfoque hermeneútico, centrando su atención en el estudio del empleo de los símbolos
que los individuos hacen en contextos concretos, y alejándose un tanto de los
intereses de la «nueva etnografía» - explicitados en la aprehensión de los
principios cognitivos básicos -, y más aún de las pretensiones universalistas
del estructuralismo de captar las estructuras inconscientes del intelecto
humano. Realmente, al igual que
otras corrientes antropológicas, la simbólica se halla anclada en concepciones
previas, que en este caso resultan ser la filosofía fenomenológica de M, Heidegger
y la filosofía hermeneútica de H,G, Gadamer.
La concepción simbólica entraña una visión semiótica de la cultura, según
la cual los distintos elementos que forman parte de la cultura llevan aparejado
un significado que es necesario desentrañar, considerando que sólo tienen
sentido en su propio contexto. Del mismo modo que si se tratara de un texto
literario, su comprensi6n se sitúa en
el marco de una exégesis, en la que cada signo posee un significado, y
donde todo símbolo debe ser interpretado (v, TURNER, 1975). Al igual que el
lector del texto no podría entenderlo sin desvelar sus claves semánticas, el
estudioso de una cultura no puede entender ésta sin descifrar los símbolos que
contiene, y que se hallan velados en el entramado que los esconde.
En
consecuencia, el procedimiento etnográfico consiste en asimilar la cultura
estudiada a un «texto» codificado que los individuos que la integran leen
permanentemente, y que el antrop61ogo debe tratar de interpretar,
cual si de un texto literario se tratara, poniendo demanifiesto el valor de los
códigos empleados por los actores en su vida cotidiana. Cuando el etnógrafo
estudia una cultura lee un libro complejo, en el que la polisemia, la metáfora
y la elipse copan el texto, y donde no faltan los equívocos y los deslices.
Para poder comunicar el contenido del libro de la cultura, el etn6grafo debe
transcribirlo, esto es, interpretarlo, como explica C.
Geertz en su conocida obra La interpretación de las cultur as (1973). Según
el mismo autor, los distintos acontecimientos sociales contienen una dimensión
simb61ica que el etnógrafo puede abstraer, en forma de una totalidad empírica
susceptible de ser estudiada. El propio Geertz ha empleado este procedimiento
semi6tico y marcadamente
interpretativista, para estudiar la religión, bajo el convencimiento de que los
símbolos sagrados sintetizan una variada información acerca de la cultura
estudiada.
Este
interpretativismo de C, Geertz es similar al que se advierte en V
. Turner, en cuyas obras se denota con especial transparencia el estudio
hermenéutico de los símbolos. La ausencia de los aspectos emocionales y
afectivos que se percibía en el frío racionalismo estructuralista es cubierta por V , Turner con una visión
humanista de la acción simb6lica. La etnografía que se halla implícita en sus
trabajos, realizados entre los ndembu de Zambia, sugiere que, más importante
que la supuesta objetivación de la cultura analizada, es que el investigador
plasme de forma imaginativa los entresijos que la componen.
Pero
la contestación al universalismo estructuralista no sólo procedía de la «nueva
etnografía» y de la antropología
simbólica americanas. Se hallaba también, y con inusitada fuerza, en el diferencialismo francés de J.
Lacan, y sobre todo en los del relativismo
epistemológico de M, Foucault,
en la hermenéutica de P. Ricoeur
y en los del deconstruccionismo radical de
J, Derrida, y, en general, en
diversas propuestas vinculadas a la crítica literaria.
La
personalidad de estos pensadores acabarían
por conceder a la producción de estos autores una inusitada repercusión, cuyos
ecos se dejarán oír de manera creciente en la antropología americana,
curiosamente más que en la europea donde su incidencia será limitada. El
movimiento interpretacionista, de réplica a la antropología realista que
se había desencadenado a partir de la «nueva etnografía», hizo como
coadyuvante de una tendencia que intentaba remarcar tanto la necesidad de
conquistar una antropología independiente, libre de ataduras con el poder
establecido, de cuyo vicio el colonialismo de las décadas pasadas venía a ser
su expresión más elocuente, como también en la necesidad de una renovación
del procedimiento etnográfico, más controlado y más
expuesto
a la crítica.
De
este modo, un grupo de intelectuales norteamericanos de los años ochenta,
entre los que no faltarán algunos antiguos representantes de la «nueva
etnografía» y de la antropología simbó1ica, conformarán la respuesta a la
antropología imperante por entonces, y por supuesto a la más tradicional, por
medio de una postura que se calificará como posmodemista, en alusión a su extremado vanguardismo. Este
vanguardismo se halla asentado sobre el posestructuralismo que se acaba de
mencionar, pero también, y de nuevo, sobre la filosofía fenomenológica y la
hermenéutica, así como sobre la lingüística. La cultura es concebida por
estos posmodemistas de manera semiótica, reclamando por parte del antropólogo
una actitud acusadamente hermenéutica,
La
obra antropológica de C, Geertz, de
clara orientación simbólica, se convertirá en el punto de arranque del
posmodemismo, y su autor será elevado a la condición de abanderado desde su
magisterio de la Universidad de Princeton,
que poco a poco perdería con el tiempo, al ser rebasado por sus compañeros
de movimiento.
En
el interpretativismo de Geertz ( 1980) se contiene el germen de lo que había de
ser la nueva tendencia. En la misma se abogaba por una especie de metaetnografía,
en la que el antropólogo había de transmitir los textos que los nativos «leían»
, a partir de un aspecto o un tema elegido como materia de investigación, en el
que se pusieran de relieve los significados de las formas públicas que
adoptaban los símbolos, y en el seno de lo que viene a ser un diálogo entre
los estudiados y el lector, donde el antropólogo hace de intermediario, muy
lejos de lo que había sido la atemporalidad romántica de los pioneros de la «monografía
etnográfica», El etnógrafo dejaba
de ser el apasionado descubridor de una cultura de la cual levantaba un acta en
presente, para asumir el papel de redescubridor de una cultura en la cual vive y
de la cual narra las vivencias nacidas de su convivencia con los individuos que
ha conocido. Precisamente, esta narración temática confiere una diacronía a
los acontecimientos, que constituye el contrapunto con la etnografía monográfica.
Pues
bien, algunos años después de que se publicara el trabajo de C, Geertz, y como
resultado de la carga que se ponía en la dimensión cobrada por esta novedosa
idea de la percepción etnográfica, se organizaba un seminario en Santa Fe
(Nuevo México), en 1984, del cual habrían de salir los textos básicos del
posmodemismo antropológico, contenidos que suponen una radicalización del
proyecto de C, Geertz. Para estos
firmes entusiastas de la etnografía como texto, el etnógrafo se convierte en
el autor de una retórica creada por él mismo, en una suerte de cultivo
literario, en el que el autor se sitúa a
un paso de la condición de novelista,
lo que le implica en un papel creador. El documento etnográfico, convertido así
en texto literario, deja de contener el discurso del observado, que parecía ser
el objeto primordial de la antropología más renovada, para hacerse cargo de un
papel en el que el etnógrafo se convierte en portador de una representación
ajena.
Este
énfasis interpretativista ha supuesto un salto cualitativo que se ha
sustanciado en una defensa de la etnografía
reflexiva, y que se hace manifiesto en la estructura novelada de sus
trabajos, en los que no faltan los comentarios y hasta las exclamaciones del etnógrafo,
al hilo de su estancia etnográfica, junto a los diálogos con los individuos
que han dado vida a su experiencia de campo. Estos individuos se convierten en
el epicentro de la construcción etnográfica, por contra de lo que sucedía en
las construcciones realistas de la época colonial, en las que era el sistema o
la organización social el núcleo del examen etnográfico. El etnógrafo trata
de reflejar su experiencia mediante un texto literario, cuyo arte consiste en el
uso de la metáfora y de todas las figuras que hagan posible una retórica con
capacidad de comunicar al lector las vivencias más profundas. Los trabajos de
J,Clifford, de G,E, Marcus y M, Fischer, de P, Rabinow y de V,
Capranzano son exponentes de esta etnografía retórica y posmoderna, en
cuyo extremo se sitúan los trabajos de S.A. Tyler.
Con Tyler (1991), el viejo representante de la «nueva etnografía», el texto
etnográfico se convierte en evocación
poética de la experiencia pasada, en una alegoría vivencial y experiencial
que trata de hacer partícipe al lector de la convivencia del autor con otras
personas, valiéndose para ello de un sorprendente lirismo. Se trata, realmente,
de lo que J, Fernández (1993) ha
llamado una «autor-ización» de los
textos etnográficos, cuya praxis se hace extraordinariamente evidente en el
relato de P, Rabinow (1992), respecto de su experiencia de campo en Marruecos.
Se
impone aquí citar una reciente reflexi6n de A, Pagden (l99l) a propósito de la
evolución de las ciencias sociales, y de la historia y la antropología
especialmente. No cabe duda de que la antropología, y con ella la etnografía,
han llegado a ser lo que son hoy después de un largo proceso evolutivo, en el
que las viejas formas de entender las disciplinas ocupadas en el estudio de la
sociedad dejaron paso a otras nuevas, con las consiguientes modificaciones de
orden epistemo1ógico. En las líneas precedentes se ha visto cómo en la
segunda mitad del siglo XVIII comenzó a emerger lentamente la ciencia
antropo1ógica, para cristalizar en el siglo siguiente, gracias al encuentro de
un empirismo que se adivinaba desde
antiguo - pero que no era aún propiamente etnografía- y una dilatada
especulación sobre el hombre - que
aún no era teoría antropo1ógica-. Naturalmente, ello fue posible porque los
bordes de las disciplinas sociales, extremadamente difusos y cambiantes,
se desvirtuaron por efecto de las
nuevas concepciones racionalistas. Desde el siglo XIX las ciencias sociales no
han cesado de transformarse, en una especie de metamorfosis, de modo que
la historia, la sociología o la
antropología, por poner algunos ejemplos, se han convertido en algo nuevo,
en el contexto de esa continua erosión de sus bordes. Esta erosión ha
de servir , sin duda, para que al
mismo tiempo que se afianzan unas disciplinas , nazcan otras nuevas , al compás
de un imparable avance del conocimiento.
En el seno de la antropología, al mismo tiempo que se ha perfeccionado su metodología en aras de una mejor aprehensión del objeto por parte del sujeto cognoscente, que es el etnógrafo, han surgido en los confines de la antropología colindantes con disciplinas como la filosofía o la crítica literaria, otras formas de conocimiento en las cuales el sujeto y el objeto del conocimiento se acercan hasta confundirse, en una especie, si se prefiere, de metaantropología. Mas todo lo dicho, y a propósito, pone de relieve algo sumamente importante, cual es que las distintas formas de abordar los hechos etnográficos no son sino la consecuencia de la teoría que los alimenta. El distanciamiento que se está produciendo entre las teorías centrales de la disciplina y las que tienen lugar en la periferia no son sino la prueba de la vida que late en la antropología y en la etnografía que la nutre.
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