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Kerala es la zona más húmeda del subcontinente indio. Se trata de una larga
extensión de tierra regada por el mar de Arabia y el Índico, atravesada por
un laberinto de ríos, canales, lagos y lagunas y rematada por verdes colinas
y bosques monzónicos. Este estado sureño l es el más rico del
país, el más culto, el que posee el mayor índice de alfabetización y en el
que conviven religiosamente no sólo el hinduismo, el catolicismo y el islam,
sino también el Partido Comunista y el del Congreso que son los que se
alternan en el poder en medio de una tolerancia inexistente en otras zonas
del país. Además se cree que Kerala es la cuna de las especies, desde la qu
se extendio por el mundo dando otro aliciente a las comidas de medio mundo
(el conocido por aquella epoca) a traves de la famosa ruta de las especies.
Una atraccion turistica de la region es disfrutar de algún crucero que
navengan los numerosos rios, lagos o pantanos de los que cuenta el estado de
Kerala
Ocho horas son las que separan Kollan, en el sur, y Allappuzha, cerca de
Kochi, en el norte.
El cadencioso navegar por estas aguas tranquilas y misteriosamente planas se
apodera de nuestras palabras y nos adentra, en silencio y poco a poco, en un
universo verde de grandes arrozales, que oscila entre los estrechos canales
y los panoramas abiertos. Casas milagrosamente situadas en lenguas de tierra
de pocos metros de ancho que cuentan con un pequeño huerto y una barca
amarrada a la puerta de la vivienda; en muchas de estas parcelas se pueden
ver hasta vacas, cerdos, pollos y patos. Abundan las barcas llenas de niños
que se dirigen a la escuela; las iglesias y mezquitas que ven llegar a sus
fieles sobre las aguas, en pequeños grupos, como si de un nuevo milagro se
tratara.
La vida en los backwaters está estrechamente ligada al entorno en la que se
desenvuelve. El agua está en el centro de todo, como muy bien decía Sabu, y
todo en Kerala está en función del agua.
A RAS DEL RÍO. Las kettu vallam, las tradicionales barcas de Kerala, se
deslizan guiadas por una versión india de los gondoleros venecianos que,
armados con largas pértigas, marcan la velocidad y el rumbo de la nave. Los
pescadores, que abundan en la zona, hacen su trabajo en minúsculas
embarcaciones o con las gigantescas y fotografiadas redes chinas desde la
orilla de las zonas más amplias. En algunas ocasiones, inmensos cocoteros
inclinados, tanto que dan la impresión de unirse cerca del cielo, aparecen
en el horizonte cercano y llegas a pensar que será imposible seguir
avanzando. Pero nada es imposible. Como tampoco lo es pasar bajo pequeños
puentes en forma de arco, que parecen prestos a romperse con el mínimo roce
de la barcaza; o bajo primitivos puentes levadizos, que parecen
transportarnos a otros tiempos.
De vez en cuando pequeñas barquichuelas se acercan por babor y estribor para
ofrecer al viajero todo tipo de objetos de artesanía local o alimentos. Los
vendedores manejan perfectamente su hábitat, se ponen de pie y se mueven con
soltura por embarcaciones que escasamente superan el metro y medio de largo
y los cincuenta centímetros de ancho. Nunca se caen al agua y regatean como
si tuvieran los dos pies sobre la superficie más sólida del planeta. También
aparecen grandes barcos cargados de arroz, cocos y anacardos; el paso de
transbordadores locales es continuo a lo largo del trayecto. Estos autobuses
sobre el agua son la forma de transporte más habitual entre los habitantes
de la zona; son rápidos y muy baratos, y en algunas ocasiones mucho más
tranquilos que las barcazas repletas de turistas ávidos de captar con su
cámara todo lo que ven sus ojos.
El crucero, que realiza dos paradas, la primera para almorzar y la segunda
para tomar un refrigerio, suele concluir aproximadamente una hora después de
la puesta de sol. Y si la barcaza tiene cierto nivel los estertores del día
irán acompañados por los sonidos que desprenden una pareja de músicos
tocando el adakulahal (flauta) y el madalam (tambor que se golpea con las
manos por ambos lados) para despedir al dios Sol hasta el alba siguiente. Es
en esos momentos cuando el viajero suspira para que el espectáculo del
atardecer no concluya, para que se alargue el máximo tiempo posible, incluso
para que no amanezca al día siguiente si fuera necesario. Todo con tal de
seguir formando parte de este decorado, en el que el protagonista principal
va desapareciendo, muy lentamente, casi sin que nos demos cuenta, por el
fondo del escenario. Son los minutos de la melancolía… en el centro de un
lago, recordando a Parasurama y su hacha milagrosa que le ha hurtado este
paraíso a las entrañas del mar, con ese sol rojizo descendiendo lentamente
por el oeste, con la mirada puesta en el infinito o en el lento balanceo de
estas aguas benditas, con los lamentos del adakulahal y el madalam
cosquilleándote el estómago…
En la actualidad también hay hoteles flotantes y houseboats, antiguas
barcazas que se dedicaban antaño al transporte del arroz y que ahora han
sido reconvertidas en pequeños nidos de amor, con un dormitorio con amplios
y luminosos ventanales cubiertos por vaporosas cortinas transparentes a
ambos lados, un comedor en la proa y una pequeña cocina atrás; en los
hoteles de la zona alquilan estos houseboats para pasar una noche en el
centro del lago Vembanad. Muy romántico pero algo incómodo si uno no se
abriga contra los mosquitos nocturnos.
Kerala es la India sin mendigos, la India tropical, sensual, suave y
acogedora. La India con fuerte influencia cristiana y europea. La India
poblada por sus verdaderos y más antiguos moradores. El estado de Kerala,
situado en el extremo suroeste del subcontinente, parece un enorme parque
mantenido cuidadosamente por algún jardinero divino que hubiera sido
contratado por el dios de las pequeñas cosas.
Es la patria de Arundathi Roy, una región donde la tierra y el agua se
entremezclan, donde la costa rivaliza en belleza con el interior montañoso y
selvático. La gente ocupa casas y chozas medio sepultadas por palmeras, como
en una aldea sin fin. Cuarenta millones de personas viven en un territorio
del tamaño de medio Portugal entre cocoteros, arrozales e interminables
lagunas de agua, llamadas backwaters y unidas entre sí por canales
artificiales.
Desde que un empresario local llamado Babu Varguese tuviese la genial idea
de transformar las barcazas tradicionales que se utilizaban para el
transporte de mercancías en casas-barco con todo lujo y comodidades, la
experiencia de la Kerala profunda es ahora accesible a un número cada vez
mayor de viajeros extranjeros. ¡Y qué experiencia…!
TIERRA DE ETERNAS SONRISAS. Es imposible no sucumbir al encanto de viajar en
estos barcos de madera y fibra de coco que parecen armadillos gigantes, y
que cuentan con camarote, baño, cocina y sobre todo con un espacio en proa
para tumbarse y contemplar… Contemplar la orilla verde esmeralda y rebosante
de pájaros, descubrir la arquitectura singular de los templos hindúes,
visitar antiguas iglesias portuguesas, maravillarse ante la algarabía de un
mercado acuático entre barcazas llenas de montañas de arroz, de fruta y de
pescado, saludar a los niños que agitan los brazos desde el porche de sus
viviendas de madera y darse un chapuzón al atardecer para contemplar desde
la superficie del agua cómo el disco solar se hunde entre las palmeras… Uno
se enamora de Kerala y, como en todas las historias de amor, el flechazo
inicial se transforma en algo más profundo después de tratar con sus
habitantes. Parecen poseer un bien más preciado que cualquier bien material,
una alegría de vivir y una serenidad contagiosas: ésta es la tierra de la
eterna sonrisa.
La práctica totalidad de la población está alfabetizada. Todas las mañanas y
todas las tardes, hordas de niños y niñas uniformados invaden las
carreteras, los caminos y los canales para ir al colegio.
UN UNIVERSO COSMOPOLITA. La mentalidad abierta, la tolerancia política y
religiosa tienen su explicación en el comercio de las especias que expuso la
región al contacto con romanos, griegos, árabes, chinos y europeos. Ya
venían por aquí hace dos mil años, como llegan los turistas hoy, a comprar
entre pirámides de especias. La primera comunidad judía de la India se
instaló en el puerto de Cochin, y misioneros cristianos, antes de la llegada
de los portugueses, ya surcaban las selvas del interior, hoy llenas de
plantaciones de té, de café y de jardines donde crece el clavo, la canela,
el cardamomo, la nuez moscada, la mostaza, el laurel, la pimienta…
Fragancias que se vuelven a encontrar en las esquinas de los pueblos, en las
cocinas de las casas, en los suculentos platos de los restaurantes…
Esta inmensa aldea que es Kerala tiene también una ciudad que no hay que
dejar de visitar. Con sus calles estrechas, sus viejos caserones
portugueses, sus iglesias, su sinagoga, su palacio holandés, sus anticuarios
y su paseo repleto de chiringuitos que sirven el más delicioso marisco, Fort
Cochin tiene un aire familiar y tremendamente exótico a la vez. La ciudad
vive al ritmo lánguido de un pasado colonial que no parece tan lejano.
Los camareros uniformados del polvoriento y decadente Yatch Club, amueblado
con sillones chester reventados, parecen momias esperando órdenes de algún
fantasma británico que quisiese resucitar la historia.
Del otro lado de la plaza donde se erige la iglesia más antigua de la India,
la iglesia de San Francisco, el antiguo edificio de la aduana holandesa ha
sido restaurado y convertido en un precioso hotel por sus dueños, el Malabar
House. Ella es española, se llama Txuku Iriarte. Gran aficionada a la
cocina, ofrece en el restaurante un sinfín de platos que conjugan a la
perfección los sabores indios y españoles. «Aquí la gente tiene el arte de
dar a las cosas sólo la importancia que realmente merecen», –dice esta vasca
de 42 años que lleva cinco años en Cochin–. «He aprendido mucho trabajando
día a día con la gente de aquí ».
Kerala romántica, pero también sabia: un antídoto perfecto contra los males
de nuestra civilización.
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