SAN MIGUEL DE VILLAVERDE
San Miguel es el patrono de la Iglesia de Villaverde. Es este uno de los pocos ángeles designado por su nombre en la Biblia. Cuenta la Tradición que fue quien acaudilló a las huestes celestiales, para defender el gobierno de Dios, cuando Luzbel quiso darle golpe de estado al Todopoderoso en el Cielo.
El Patrono
“Patrono, tanto significa como defensor”, decía Alfonso X el Sabio en su Código de la Siete Partidas. Además de la protección constante que San Miguel dispensa al pueblo de Villaverde en general, contaba mi abuela Filomena que durante la Guerra Civil de 1936 le protegió de una manera especialísima, primero porque en las purgas, tanto de los Rojos como de los Nacionales, nadie de Villaverde fue fusilado ni en la Cota Casasola ni en ninguna otra parte. Además, decía ella con una luz especial que le había pasado de los ojos de la cara a los del alma, protegió a quienes estuvieron en el frente de batalla, expuestos a recibir tiros y bombazos de cualquier parte. La abuela Filomena rezaba todos los días a San Miguel por mi padre que estuvo casi los tres años en el frente, y por los otros soldados. Así se cumplía aquello de:
“Al toque de diana
que suena en el cuartel,
la madre del soldado
rezando está por él”,
aunque no estaban en el cuartel, sino en las trincheras excavadas en la tierra helada, entre otros lugares en la Sierra de Albarracín desde donde se libró la batalla de Teruel. En Teruel, en la misma batalla, estuvieron también el Sr. Migdonio Pinto y el Sr. Eulogio Reguera.
Cuando le preguntaba por qué en el portal de la iglesia de Villaverde no estaba la lista de los “caídos por Dios y por la Patria”, como era el caso de Valdepolo, Quintana de Rueda y otros pueblos vecinos, me contaba que en una ocasión se corrió la voz de que en el frente de batalla había caído uno de los soldados de Villaverde, aunque aún no se sabía quién era. Ya el pueblo entero estaba llorando a su primera víctima de aquella guerra fratricida, pero el tío Juan Maraña, el abuelo de Doroteo, Marcelina, Marciana y otros cuantos más, decía: “No lo crean. San Miguel no va a permitir que maten a nadie de Villaverde”. Y efectivamente, aquello fue una falsa alarma, y ella confirmaba haber tenido la misma fe que el tío Juanón, como cariñosamente le llamaban, porque era muy alto, más que el P. Timoteo, que también es nieto del tío Juanón.
El santo
En la iglesia parroquial de Villaverde existen dos imágenes de San Miguel. La más moderna lo representa con cara de efebo alanceando, con la mano derecha, al diablo a quien mira atentamente, y con el píe izquierdo, un poco adelantado, pisa a la bestia por el pescuezo; en la mano izquierda sostiene un escudo típico de angelical guerrero. Hasta los años posteriores a la renovación litúrgica, esta imagen ocupaba lugar preferencial en el retablo del altar mayor. Ahora se encuentra a uno de los lados. Es una imagen bonita y que inspiraba devoción.
La otra imagen de San Miguel es una talla de madera policromada, mucho más antigua. Se le aprecian rasgos de la imaginería románica. Porta una capa roja, y debajo, la cota de guerrero medieval. La vista perdida en el infinito, expresión de seguridad, rasgos faciales de hombre adulto, seguro de lo que hace; ha vencido al diablo, en forma de perro rabioso a quien tiene patas arriba y pisa por el pescuezo. Con la mano derecha levanta una espada en señal de triunfo, en la izquierda sostiene una básculas en la que se sopesa el valor de las obras buenas de los hombres. Es una imagen que recuerda la transición del románico al gótico, pero no me atrevo a decir que sea verdaderamente de esta época. Puede ser una imitación bastante posterior.
La Cofradía de San Miguel
San Miguel da el nombre a una cofradía o hermandad, de la que eran miembros casi todos los vecinos del pueblo. Sus funciones eran las de rezar por cada uno de los miembros cuando se moría. El 28 de septiembre rezaban las vísperas de San Miguel en horas de la tarde. Luego los cofrades se reunían en la casa del mayordomo, que cada año era uno distinto, rezaban por los miembros difuntos y repartían un jarro de vino de San Miguel y un trozo de pan. Nunca faltaba alguien que con el “perlado zumo fermentado de la uva” entre pecho y espalda, cuando salía, ya de noche, de la casa, hablaba en varias lenguas, no se le entendía en ninguna y necesitaba todo el ancho de la calle para caminar.
La Hoguera de San Miguel
La víspera de San Miguel, mientras los cofrades cantaban en la iglesia, la chiquillería nos íbamos juntando alrededor del montón de cardos, ramas y los otros materiales combustibles, ubicado en las “Eras de Abajo”, cerca de donde se halla el frontón. Cuando ya era de noche, y cuanto más oscuro más emoción, se le prendía fuego por los cuatro costados para que ardiera todo a la vez e iluminara al pueblo entero. El resplandor se veía desde Valdepolo. Se procuraba que la hoguera coincidiera con la llegada de los músicos por la Cuesta de la Iglesia. El Sr. Químico de Villahibiera siempre era complaciente en esta serenata de vísperas. Se me ocurre que la Hoguera de San Miguel tenga mucho que ver con la imagen del Infierno, a donde San Miguel y sus huestes arrojaron al Demonio y sus secuaces, condenados a abrasarse, sin consumirse, en el fuego eterno
La Hoguera de San Miguel era uno de los actos más esperados por los chiquillos de Villaverde durante todo el año. A partir del quince de Agosto o antes, cada domingo al salir de la misa en la mañana y al salir del rosario en la tarde, empezábamos los chicos en edad escolar a cortar unos cardos de púas casi aceradas; los dejábamos tendidos, para que se secaran, hasta la semana siguiente, cuando les transportábamos en una especie de parihuela hasta la “Era de Abajo”. Allí los amontonábamos hasta la víspera de San Miguel. Ningún muchacho se negaba a faenar en la corta y transporte del material combustible para la hoguera, lo cual daba derecho a todos, chicos y grandes, a disfrutar el espectáculo de las chisporroteantes llamas achicharrando cardos y consumiendo ramas, hojas, papel, cartón y cuanto material combustibles se había amontonado.
La Misa y la Procesión
El día 29, ya bien avanzada la mañana, el pueblo entero y los visitantes de los pueblos vecinos asistían a la Misa Solemne en la que un orador de campañillas predicaba el Sermón de San Miguel. Pero lo más emocionante era la procesión con la estatua del santo. La encabezábamos, comandados por Don Vidal, los chicos de la escuela, en dos filas, una por cada lado de la calle hasta llegar a la plaza que hoy llaman de San Miguel desde donde se retornaba a la iglesia. Durante el recorrido, alguno de los mozos disparaba los cohetes de pólvora meramente explosiva, que todos seguíamos con la mirada y a más de uno le provocaron tortícolis.
El Pendón de Villaverde
Otra de las atracciones de la procesión de San Miguel era el pendón parroquial. Calculo desde la distancia de 10 mil kilómetros y la memoria de 55 años que el asta tendrá entre 7 y 8 metros de largo; la tela entre 2,5 a 3 metros adosados al asta por 3 a 4 metros para flamear. Antes de la Misa Solemne lo sacaban a la puerta de iglesia, enrollado, para que los forzudos hicieran gala de su energía muscular y se ganaran, a pulso, el honor de llevar el pendón. La prueba consistía en izar el pendón depositado en el suelo, sin flexionar en absoluto ni las rodillas ni los codos. Ahí estaban siempre Emiliano y mi tío Terio, uno porque se creía el de “más nervio”, y el otro por considerarse el más forzudo. Me disculpan, por no nombrarles, los otros forzudos anteriores, de la misma época o posteriores. Luego, era todo un espectáculo maniobrar el pendón entre los cables del alumbrado eléctrico a los que sobrepasaba varios metros de altura. Había que integrar fuerza y pericia.
Competencias deportivas y baile
En la tarde, después del Rosario, hasta que hubiera luz del sol, se jugaba a la pelota en el trinquete y a los bolos en la plaza. Mientras tanto, los músicos se instalaban, en las “Suertes del Valle”, o en el “Prao’ Concejo”. Las “Suertes del Valle” son las miniparcelas cultivadas con hortalizas, entonces eran prados, al lado de abajo de donde estaba el trinquete. Estaban separadas del terreno de juego por una reguerita, una sebe y unas paleras. Quienes conjugaban fuerza y maña lograban sacar la pelota hasta la reguera, y en muy raros casos sobrevolaba la sebe hasta los prados.
El “Prao’ Concejo” ha desaparecido, una parte porque lo ocupó la carretera y otra porque quedó anexado a la parcela entre la carretera y el reguero. Entiendo que fue la forma de resarcir al dueño de aquel huerto porque la carretera también le ocupó una franja.
A la puesta del sol, alguien, de los más activos, buscaba a dos chavales de unos 11 a 13 años, de dos pueblos distintos, para que iniciaran el corro de la lucha leonesa, y a medida que uno de ellos iba siendo eliminado por caída, le había de sustituir otro de su mismo pueblo. Al final se premiaba al campeón, a quien nadie había infringido una caída, y al que más luchadores había eliminado por caídas. Mientras tanto los músicos se hartaban de tocar pasodobles. Hacia las 11 ó 12, ¡todos a cenar!, para que los mozos y mozas volvieran a la verbena.
San Miguelín
Si por la víspera se conocen los santos, por la postfiesta también. San Miguelín es el día 30 de septiembre. Se iniciaba con la “parva”. Era la visita que se giraba a las casas y en la que se ofrecía dulces: galletas, polvorones, mantecadas, y no faltaban las roscas, y algún licor: anís, coñac u otro similar. Los mozos visitaban en grupo las casas en cuyo tejado, exactamente en una de las canales de encima de la puerta de entrada, habían colocado esa misma noche un ramo de chopo, porque eso era señal de que allí vivía una moza que tenía que servir la parva. La cnsideración que por la moza de casa tenían los mozos del pueblo era directamente proporcional a la vistosidad del ramo. Algunos empalmaban la verbena con la parva. Así que cuando llegaba la tarde, los músicos tocaban casi en exclusiva para los casados y fundamentalmente jotas leonesas, navarras o aragonesas.
Teodoro Pinto
Punto Fijo (Venezuela) Septiembre de 2003.
tpintoi@hotmail.com